2.5.05

Las tortugas también vuelan

De las tres películas sobre la guerra que vi y de las que hablo ahora, he querido dejar hasta el final esta, simplemente porque es una película de la que no se puede salir inmune. Tal vez hubiera preferido vivir en la ignorancia, en esa cómoda distancia que nos dan los telediarios: vemos las cosas, sufrimos un poco y luego olvidamos. Pero lo que vi aquí, en esta película, será difícil de olvidar. Al salir pensé que me tranquiliza saber que esto no es, como en Domicilio Privado, un “caso de la vida real”. Este pensamiento, aparte de un poco tonto, es simplemente un pretexto: niños de la guerra hay miles, todos con historias tan dramáticas, o incluso más que esta.

Las tortugas también vuelan es un título poético para una situación que de ello sólo tiene los resquicios mínimos de inocencia que sus protagonistas todavía logran conservar. Niños mutilados, violentados en su esencia, niños que para sobrevivir se dedican a buscar minas y venderlas, que actúan, hablan y sufren como adultos, que tienen en la cara el dolor marcado, esos son los personajes de esta alegoría bélica.

Un niño sin brazos, su hermana y un pequeño bebé llegan a un pueblo del Kurdistán iraquí, en la frontera entre Irán y Turquía, en los momentos en los que el campamento de refugiados busca una antena parabólica para poder estar enterados de las últimas noticias, que auguran una guerra inminente con Estados Unidos. A su pesar, se relacionan con otros niños del campamento, chicos que se dedican a buscar minas antipersonas y venderlas.

Una leyenda se forja en torno al recién llegado, el niño mutilado que parece ser un vidente que poco a poco va demostrando sus poderes premonitorios entre los niños de la comunidad. Mientras el chico predice el eventos futuros, su hermana lucha por desprenderse del amargo pasado que la señala, y del que solamente la tragedia puede liberarla.

La guerra, una vez que llega, está en todos sitios. Se convierte en un modo de vida, en un motivo, en un sino ineludible. A pesar de lo que digan los dirigentes de las guerras, éstas no se controlan, no se previenen. Cuando una guerra llega a un país, cada minuto de vida, cada pedazo de pan, cuesta sangre sudor y lágrimas. El futuro es algo tan abstracto y tan lejano que no cabe en los pensamientos de sus víctimas; requieren de toda su concentración para seguir viviendo, para comer, para mantenerse de pie. La vulnerabilidad aumenta conforme las víctimas son de menor edad. Un bebé ciego en medio de un campo de minas está mucho más desprotegido, si esto cabe (y si es válido comparar a las víctimas, que lo dudo) que un adolescente ya forjado por el dolor de su propio cuerpo y de la muerte a su alrededor. Este dolor y estas muertes que carga a sus espaldas le van dando la fuerza para continuar, pero no lo hace inmune.

Un comentario del director, Bahman Ghobadi, discípulo de Abbas Kirostami, (otro cineasta kurdo que ha reflejado la vida de los niños en un lugar como el Kurdistán), es más que claro respecto a lo que su historia nos muestra: “Al terminar la película, uno entiende que el pasado es amargo, que el presente es amargo y que el porvenir sólo depende de uno mismo”. Así es el pasado que cargan estos niños –adultos, así es su presente y un futuro que se pinta aún más desgarrador.

Ficha técnica:
Título original: Turtles can fly
Dirección y guión: Bahman Ghobadi
Fotografía: Shahriar Assadi
Montaje: Mustafa Khergheposh y Hayedeh Safiyari
Intérpretes: Avaz Latif, Soran Ebrahim, Hirsh Feyssai, Saddam Hossein Feysal, Abdol Rahman Karim.
Nacionalidad: Irak-Irán
2004.
Duración: 95 minutos
(Ganadora de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián 2004)